Hubo una vez un ángel en el fin del mundo,
con alas sonoras y palabras de vida,
que una noche en la tierra del fuego se perdió.
A la orilla del mar sucumbió ante las olas,
espuma y escarcha de final de primavera.
Las sonrisas a su cargo le soñaron esa noche,
entre paredes blancas y pueblos fantasmas;
había perdido el eco de sus madrugadas
y ahora sólo se distinguía una sombra ectoplasta.
Más nítido que nunca abrazó a quien le amaba,
con la promesa de vivir en su mirada,
con cuerpo de cristal y extremidades de oro y plata,
todo él un corazón colgado a la garganta.
Prometió mil lunas más para mil madrugadas,
y después de ese tiempo se fue desvanenciendo,
palabras vacías y sonrisas sin ecos,
sentimientos grabados una vez en el viento.
Neuronas y hormonas apelando al recuerdo
de un ángel sin alas guardián de tus besos.
Nadie recuerda cómo respondiendo al grito numérico
una ninfa lloraba al otro lado del mundo
frente a un espejo que jamás reflejó nada.
Viviendo por siempre en las entrañas de nadie,
se cuela en las noches buscando refugio,
reviviendo alientos que parecen soñados
en alguna película de mitad de otoño;
y canta e insulta con voz celestial,
historia de un sueño grabada en el alma.
Un alma sin nombre que un día te soñaba.