Una mañana llegó un mensajero
con una caja de pelucas
con mi nombre en la postal.
Desearía haberme ido
a algún lugar en el Ártico
donde poder dormir
con el sol a un costado.
En lugar de eso
me perdí en el fondo de un plato
en tu mesa del jardín.
Dijiste que estaba bien
si te tomaba de la mano
y me lanzaba al mar
sin sueños ni miedo
acurrucada en besos de sal.
Y durante las noches sin luna
inventarías monedas
para pagar la luz artificial
y andar por senderos
que palpitaran intermitentes
bajo nuestras espaldas.
¿Dónde están ahora las facturas
de aquellas noches de enero?
Me desperté en un desierto
con el frío en las entrañas
y un cuadro de chocolate en el abrigo.
Y al poner mi firma en la lista
de las entregas cumplidas
olvidé mi nombre,
puse una X enorme
como el mapa a un tesoro
o una cruz en un sepulcro.
Y tiré la caja sin abrir.

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