Las manos frías siempre la caracterizaron. Había en ella algo del invierno y el silencio de la nieve, aunque nunca nadie lo dijo a viva voz, porque sus ojos encerraban el fuego de las tormentas de otoño.
En las madrugadas solía cambiarse las calcetas para dormir. Siempre impares. Las parejas perfectas nunca le perecieron dignas de abrazar su piel.
Y los siglos cruzaban su mente una y otra vez, atrapando todas las edades de la tierra, aun sin haberlas conocido.
Una noche le cantó a la luna y ésta le dio un beso gris, que le quedó marcado en la espalda.
Las luciérnagas que se posaban en él eran atrapadas por su campo magnético y estallaban en polvo de lluvia.
Y un día le vio. Atrapado entre las ramas del tiempo. Le preguntó su nombre y no obtuvo respuesta. Una flecha le atravesó el cuerpo en un rugido de sol y sus ojos se abrieron: volcanes dormidos que nunca supo interpretar. Para registrar la profundidad de un túnel se necesita un estetoscopio.
Las minas de los páramos yacían dormidas bajo las rocas volcánicas. Y explotaban al roce de un beso.
Pero jamás entendió por qué unas reventaban como burbujas y otras como globos aerostáticos.
Cuando se cansó de armar el rompecabezas de sus explosiones caminó al norte, a fundirse con la escarcha.
La idea de avanzar descalza y la de regresar al sol bailaban como musas que desgarran el viento y lo pintan con jirones de voz. Se quedó quieta en el risco, mientras merendaba recuerdos.
- El destino está escrito en las estrellas - susurró.
- Hasta las estrellas mueren. -