A la luz de un frasco vacío me desperté esta mañana. Con los ojos cansados y el pelo revuelto, sin saber si habían pasado dos noches o una vida. Tenía un agujero negro en el ombligo.
Buscando a tientas en los pliegues de mi cama, evalué texturas y sabores; y cuando me encontré de frente con la estrella roja que olvidaste la otra noche (la que pusiste a cantarme nanas para dormir) el corazón se levantó de la cama de un salto: se calzó los zapatos azules de tacón y las medias moradas, se enfundó en ese vestido blanco que casi nunca me pongo porque me queda pequeño... y tomando el sombrero gris y unos chocolates de mi alacena, se lanzó por la ventana. Nadie me ha dicho que ha sido de él.
Dicen que lo encontraron pegado al suelo como si le abrazara, y que aunque los servicios de emergencia le llamaron y tiraron de él para subirlo a la ambulancia en su estado órgano-casi-puré, él no se movió un ápice del suelo. Se apegó más a él, esuchando los susurros de la tierra, cantando en sinfonía cutánea odas a la tranquilidad que brinda la calidez de un beso de asfalto.
Está anocheciendo y la luz del día vuelve al frasco del que salió esta mañana, pero ahora hay un frasco más sobre mi mesa. Creo que hoy cenaré pan con mermelada.

me gusta el color y la textura de este escrito.
ResponderEliminarSiempre le aprendo algo nuevo.