Sus demonios siempre durmieron en el reloj. Era la chica que siempre llegaba tarde, así como se retrasaba para a los nacimientos de los gatitos que se escondían en su patio, así se retrasaba también en llegar a la vida de las personas que quería. Parecía que nunca se enteraba de nada, y en su cabeza siempre había peces haciendo burbujas que flotaban y se lleban sus pensamientos, y cuando quería recuperarlos, alguien más lo había atrapado ya, y los observaba colgados en las vitrinas de los aparadores, con listones de colores y fotografías con caras felices y abrazos eternos.
Cuando plaeaba lanzarse a las picinas arcoiris de la primavera, caía sobre las hojas secas del otoño, como los ojos con los que miraba al mundo, girando a su alrededor mientras permanecía estática, buscando su lugar en la cabaña bajo el puente.
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