Caminando entre canciones de tinta china, aparecen restos de flores, petalos dormidos llevados por la burma. El invierno se come el mundo y lo mantiene en una burbuja que no se rompe, donde remolinos de hojas amarillas caen ante puertas huecas y pasillos llenos de lluvia. Y entonces aparecen sus gorras rojas y pantalones amarillos, como un mosaico perdido entre la inmensidad de un desierto de espejos blancos. Canasta en mano va dando saltos, pequeñitos, luego largos, como si pisara sobre nubes. Y canta canciones en todos los idomas del mundo, esperando que un día llegue su mensaje a las estrellas. Y ante el abismo, los ojos más negros del mundo dibujan los sueños que nadie ha tenido.
¿Las estrellas hablan el idioma de los abrazos?
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