Había dibujado tantas vidas, que perdió su realidad, pintando parches oníricos en las ventanas de los aparadores de las tiendas a las que nunca entraba. Se había descubierto tantas veces tocando melodías sobre pianos que sólo existían en los pliegues de sus pantalones, y coros en los parpadeos de desconocidos. Y tenía la espalda constelada de lunares; uno por cada beso que le había inventado.
Y una mañana, mientras preparaba el licuado previo a su siesta matutina, la realidad le reventó en la cara como una pompa de goma de mascar... y la tinta de sus lunares dejó un charco en la cocina.
-¿Qué vas a hacer con la tinta derramada?
- La meteré en una cajita.
- ¿Crees que dejes de quererle algún día?
- Hasta las estrellas mueren.
- ¿Y si no?
- Seré una supernova.
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