Cada día la veía asomada por las ventanilla del autobus. Los sueños se le desbordaban por ojos cuando el viento le arañaba las retinas. Y aun asi, nunca cerraba su ventana. En cada lágrima forzada iba una historia imaginaria de amores improbables que cambiaban como el pronóstico del tiempo.
- ¿Qué es lo que esperas, vistiendote de sonrisas todos los días? ¿no te cansas del mismo color?
- Es el traje más bonito que tengo, y cuando le encuentre, quiero que sea lo primero que vea.
- ¿Esperas a alguien, entonces?
- Sí y no. No se puede esperar el futuro.
- ¿Y por qué no le preguntas cuándo llegará?
- Porque no le conozco.
- ¿Y cómo sabrás que es él?
- Eso es sencillo. Tenderá los ojos más cautivantes que haya visto. Podré ver el universo en ellos, será como lanzarme al vacío y nunca dejar de caer. Se que podría pasarme la vida viendo esos ojos.
- ¿Es que piensas pasarte la vida perdida en volcanes oculares?
- Claro que no. Le escribiré canciones acerca de sus lunares, y le dibujaré tatuajes con mi cabello; me contará del miedo que le dan las mantis y las promesas. Y me prometerá nunca prometerme nada. Me dormiré en su espalda y me despertarán sus mordidas en mis costillas. Odiará mi manía de tardar demasiado cuando hago la comida, pero me dejará jugar a hacer globos con el detergente para platos y haremos concursos de romper burbujas. Tendrá una tabla con mis silencios (mi silencio de felicidad, mi silencio de enojo, mi silencio de dame un abrazo, y hasta el de travesura) y me besará para curarme las fiebres.
- Ya vale. Entonces, ¿de qué cuento piensas sacarlo?
- De ninguno. Ya existe, sólo que no me ha encontrado.
- Deberías ponerte un anuncio de neón.
- Debería, es demasiado despistado...
Los que buscan y encuentran con los ojos cerrados.
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