Estas noches te espero mirando al sol...Venga Valiente!

06 diciembre 2010

u're (my) Soul

Miraba por la ventana con una estúpida sonrisa pintada en la cara, viendo todo y nada, perdida entre los cilindros metálicos que día y noche arrojaban esclaeras de humo y las huellas mentales de unos besos que no sabe si se dibujó. 
Y los millones de neuronas de su cabeza rompieron la sinapsis y una lluvia de sensaciones inundó su cielo interior. 
Porque cuando le veía no le dejaba de pensar el resto de la vida, y una vida nunca fue suficiente. Y no sabía si él lo sabía. Porque cuando le veía las palabras jugaban al escondite detrás de los nervios de sus ojos y no salían hasta que él se  hubiese dormido (ensucamadecartón723°alnorte) y era entonces cuando sus dientes abrían la carcel de sus cuerdas y concebían las palabras que deberían lloverle a él y que por alguna extraña locura nunca le rozaban las cejas. Porque las letras nunca formaban palabras con él. Porque los silencios eran su lenguaje. Porque con los ojos le gritaba que le quería, más de lo que se atrevía a admitir y más de lo que quería que él adviertiera. Porque las ocho letras de su nombre eran más de lo alguna vez pidió al genio de la linterna y eran más de lo que alcanzaba a comprender. Porque quería descifrarlo; pieza por pieza... y para eso quería el tiempo de los mares.
Y las hojas de los maples de la cancha mojada de la escuela al otro lado del aparcamiento bailaban en remolino, incitando a la tierra, dormida y tiritante, abrazada una partícula a la otra y cubierta de agua que no se atrevía a volar. Y si no sabía volar, no servía. 
Y es que si no sabes volar, no sabes nada.
Y también por eso le quería. Porque sabía volar, sabía cómo volar, aunque no supiera que sabía. Y eso le hacía aún más increíble... era parte del enigma de sus ojos; era parte de la maldición de su sonrisa eternamente torcida.
Y la sinapsis seguía sin aparecer y las funciones cerebrales comenzaban a entrar en caos. Olvidó una respiración y luego otra, y el corazón se le durmió y las manos se le calentaron y el cabello le dolió. 
Y ella seguía sin reaccionar, porque se había salido de sí, había recorrido un par de calles y le estaba obervando desde la ventana del tercer piso de una tienda de comida rápida; escondida entre las patatas y los botes de mayonesa.
Entonces las células de su cuerpo comenzaron a llamarla, a vociferar. Y con un suspiró regresó.


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