La chica de los ojos de otoño danzaba bajo la luna cada noche, buscando una mano que la acompañara a bailar, dando saltos oceánicos entre los zarzales y llenándose de ramas los vestidos, cada vez más rotos y no por ello menos bonitos, con sus estampados de flores de invierno. Se ajustaba tiras de listones rojos en las muñecas y pretendía que eran las estelas de estrellas de eras anteriores al origen del universo. Y recorría los páramos olvidados con sus saltos de gacela y sus giros de tornado. El viento la acompañaba y le susurraba los secretos del mundo al oído, y de ellos creaba ella las canciones más tristes y más alegres que ningún suelo del mundo haya vibrado alguna vez. Y contaban las leyendas de los fuegos fatuos que si alguien por casualidad pisaba alguna de sus huellas se le iluminaba el mundo y se perdía para siempre, bailando en la inmensidad.
Y los ojos de él vieron tras el musgo de un tronco dormido la llama de sus zapatos. Azul eléctrico, hechizo instantáneo. Cielo, abismo. Polvo de estrellas o de hadas.
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